PASIÓN POR EL MIEDO [ESPECIALES]


Los bebes sueñan aun antes de haber nacido. Esa es la interesante conclusión a la que llegó un equipo de neurocientíficos de la Universidad Friedrich Schiller de Jena, en Alemania. La investigación fue publicada en un número especial de la revista Chaos, editada por el Instituto Americano de Física (AIP). Y demostró que aun semanas antes de que apareciera el “movimiento rápido de globo ocular” o REM, los bebes sueñan. Probablemente nunca sepamos en qué consisten los sueños de un “individuo” que aún no ha tenido casi ningún tipo de estímulo externo. Lo que está claro es que como seres humanos, necesitamos soñarAl leer esto…

…recordé que según la mayoría de los expertos, los bebés no comienzan a manifestar el sentimiento de miedo antes de los seis meses de vida. Es a partir de esa edad cuando empiezan a experimentar miedos a las alturas, a los extraños y a la separación de la figura de apego. Es curioso que durante nuestros primeros meses de vida tengamos la capacidad, mas aun, la necesidad de soñar pero estemos libres de la angustia del miedo. Solo cuando comenzamos a ser conscientes del mundo que nos rodea, nos sumergimos en la experiencia del terror. El miedo no es otra cosa que una fase mas del aprendizaje de la perdida. Siendo niños comenzamos a temer al abandono, al castigo, a la soledad y a la muerte. El miedo, curiosamente nos aferra a la vida.


El ser humano es el único animal metafórico, y por lo tanto el único animal artístico. Desde siempre hemos necesitado representar por medio del arte aquello que sentimos. Al fin y al cabo el arte no es otra cosa que mentir para decir la verdad. En este contexto el cine siempre me ha parecido el arte total. Por qué en él se encuentran la literatura, la pintura y la fotografía. Se entrecruzan música y arquitectura para crear una experiencia sensorial completa. Por eso me resulta tan atractivo el cine como ejemplo para analizar la obsesión que nosotros, engreídos animales racionales, sentimos por el miedo.


El cine de terror siempre ha vivido épocas de esplendor en periodos de entre-guerras o en momentos de crisis. “El gabinete del doctor Caligari” (1920, Robert Wiene) o “Nosferatu” (1922, F.W. Murnau) son hijos de la “Primera guerra mundial”. Los monstruos de la Universal representan un mundo terrorífico, que no es el de los espectros sino el del “Crack del 29”. El virulento terror de los setenta tenía un pie en Vietnam. Como estos podríamos nombrar decenas de ejemplos, en los cuales el cine ha servido para representar lo innombrable. Para enfrentarnos a nuestros miedos más atávicos. La inseguridad de la vida real nos conduce al placer del miedo ficticio. Aquel que dispara nuestra adrenalina, aquel que nos perturba pero que desaparece cuando la sala se ilumina. Permitiéndonos disfrutar del reencuentro con una realidad que, aunque no sea idílica, al menos permanece siempre entre los cánones de una normalidad a la que nos hemos acostumbrado.


¿Pero que nos aterra? ¿Que nos causa pavor? Aunque la representación del miedo tiene un fuerte componente estético que ha variado con el paso del tiempo y con los cambios sociales, la génesis, la clave de aquello que nos hace temblar ha permanecido inalterable. Simplemente nos muestra un concepto que se escapa de aquello que podemos comprender y racionalizar. El conde Orlock del Nosferatu de Murnau, es un ser de pesadilla que esta más allá del mundo que podemos digerir. Igual que la momia de Karloff, la Reagan de “El exorcista” (1973, William Friedkin), o cualquier Zombie de la historia. Pero no hace falta zambullirse exclusivamente en el mundo de lo fantástico. Cualquier psicokiller funciona con este mismo esquema. Destruir nuestra idea de control enfrentándonos a algo que no podemos dominar, ni comprender. En el terror, las reglas las impone el objeto a temer. Es por eso que sintiendo que jugamos en un terreno elegido por otros nos sentimos tan indefensos.



Él crítico de cine Robin Wood escribió una vez “Se puede decir que el verdadero tema del género de terror es la lucha por el reconocimiento de todo aquello que nuestra civilización reprime u oprime”. Inteligentemente identifica la necesidad de airear los rincones más oscuros de nosotros mismos. Pues el miedo, siempre nace del interior. Vivimos en una sociedad que juega a negar el dolor. Que vende postales de vida y belleza eterna. Provocando que la representación de la inseguridad y el sufrimiento solo sea admisible pasada por el filtro de la ficción. De esta forma el cine nos permite enfrentarnos a aquello que tememos y negamos, en un entorno controlado.
El arte es el único mecanismo que podemos utilizar para reflexionar sobre nuestros miedos sin sentirnos amenazados, porque siempre tendremos un botón de Off. Siempre hay una salida en la sala de cine. Siempre tendremos un asidero a la cordura. Por qué lo que estamos observando son representaciones y no realidades. Y de esta forma disfrutamos de nuestra pasión por el miedo.


A día de hoy vivimos en un mundo en quiebra. Y no solo por la crisis. Somos el único animal que devora su propio ecosistema. Resulta ciertamente difícil encontrar un discurso crítico, tristemente el arte ha terminado reducido a valor de mercancía. Como mencioné antes en épocas de catarsis el género de terror, siempre ha vivido un rebote de popularidad. Y en esta ocasión no podía ser de otra forma. Pero resulta especialmente curioso observar, que dentro de un reflujo general, con una gran oferta de ocio del miedo, destacan con especial fuerza desde hace algunos años las historias centradas en un Apocalipsis zombie. Y no solo desde el mundo del cine, también desde la literatura, el comic, incluso desde ese hermano pequeño del cine (eso sí, cada vez más crecido e interesante) que es la ficción televisiva.


Históricamente cada época ha alzado un subgénero por encima de los demás. Durante los años treinta se filmaron muchas adaptaciones de monstruos clásicos de la literatura. Desde Frankenstein a Drácula, pasando por Jekyll y Hyde o el hombre lobo. Con los setenta llego el asesino solitario. El reinado del “psicokiller”. Jason, Michael Myers, incluso el estrangulador de Boston. Los ochenta son el territorio de la sangre. Del Gore, de la violencia en primerísimo primer plano. El zombie es hoy el amo y señor del planeta miedo. En un mundo aséptico, de bienpensantes, de pulcritud formal, la amenaza más constante está podrida y es visualmente sucia.


Si la clave de la evolución humana es la división social del trabajo, la clave del éxito del capitalismo es la desestructuración emocional de la sociedad. Las promesas de la modernidad, a saber: Igualdad, libertad y dominio sobre la naturaleza, siguen incumplidas. La tecnología que debía hacernos libres es cada vez más traje estanco que nos aleja. Vivimos en una lujosa indigencia. Es aquí donde el muerto viviente se alza como una metáfora potente y descarnada. Todo ser de pesadilla de la historia del cine tiene una finalidad, se mueve por un razonamiento aunque este sea el de un demente o el de un animal/monstruo. El zombie no. Es la representación más extrema de la alienación. Carece de objetivo o de motivación. Ya hablemos de infectados o de cadáveres redivivos la amenaza no puede ser explicada, es intrínsecamente irracional.

El zombie, el gul, funciona como alegoría. Nos muestra cómo vivimos con unos lazos sociales interconectados como nunca en la historia, pero de forma muy laxa. Basados cada vez más en una interacción superficial, ficticia e impostada según los cánones de una modernidad de pose y vestidor.
Una de las características más llamativas del cine de muertos vivientes es que casi siempre juega con el concepto de Apocalipsis global. Es casi imposible encontrar un film en el que la amenaza de los zombies esté circunscrita a una población reducida. Por el contrario nos enfrenta a un derrumbe de proporciones planetarias, donde el estado y todas las construcciones culturales que sustentan nuestra vida desaparecen obligando de esta forma a los supervivientes a construir una existencia depurada, reducida a los conceptos más primarios e irrenunciables de estar vivo. Y esto no es solo comer. Se asoman a estas historias el amor y el odio. La lujuria, la amistad, el miedo y la infamia. Entre la abulia de nuestras vidas rutinarias, y la triste seguridad de la colectividad capitalista los espectadores fantaseamos con la vida llevada a su extremo. Con un paisaje donde cada segundo cuente, donde ser más dueños de nosotros mismos porque solo somos dueños de nuestro corazón palpitante.


En “El caballero oscuro” (2008, Christopher Nolan). El personaje de Joker, interpretado por Heath Ledger dice en un momento del metraje: “Introduce un poco de caos; altera un poco del orden establecido, y el mundo perderá la cabeza. Soy un agente del caos”. El terror, como ya mencioné antes, funciona de la misma manera. Desliza una sensación de caos que no permanece solo en las costuras de la ficción, sino que se filtra a nuestra vida. Pero para que surta el efecto deseado, para que pueda satisfacer nuestra hambre de miedo, es necesario que encontremos verosimilitud en él. Como un espejo de feria nos muestra deformados hasta el exceso, pero partiendo de lo que somos, y de lo que sentimos. Es obvio que nadie quiere en realidad ser perseguido por una horda de zombies o por un sanguinario asesino, pero el cine de terror nos permite soñar con ser héroes, supervivientes. Nos permite soñar que en un mundo en declive estamos más vivos de lo que en realidad estamos.

One comment

  1. Estoy contigo en que el MIEDO es tan necesario en la vida como el aire que respiramos, sin el no tendria sentido alguno la existencia. Soy una apasionado del Miedo.
    Gracias Alfredo por este Mararavilloso trabajo.

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